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Claves para desarrollar planes de formación no formal de calidad en educación de personas adultas

29/08/2019
by Eugenia Villanueva
Valoda: ES

El curso de formación del profesorado del INTEF “La educación de personas adultas: más allá de una visión compensatoria”, que tuvo lugar en julio en Santander –dentro de la programación de la UIMP-, puso sobre la mesa aspectos básicos para la reflexión y el trabajo en el ámbito del aprendizaje a lo largo de la vida: desafíos, fortalezas y oportunidades en educación de adultos, el currículum y su adaptación, evaluación, innovación, metodologías activas y aprendizaje adulto… 

También hubo tiempo para introducir una de las temáticas abiertas en EPALE durante este verano: la importancia del aprendizaje no formal e informal.

La propuesta presentada corrió aquí a cargo de un CEPA de Cantabria – el CEPA Caligrama (Torrelavega)- caracterizado por la cantidad y variedad de programas de educación no formal que incluye en su oferta formativa.

El marco más amplio de referencia: la importancia que los aprendizajes no formales han ido adquiriendo en las recomendaciones en torno al aprendizaje a lo largo de la vida a nivel europeo. En un contexto más cercano, y marcando diferencias importantes entre CC.AA., destacan las posibilidades abiertas a la participación de los CEPA en el campo del aprendizaje no formal.

En Cantabria, la Orden ECD/67/2013, de 7 de mayo, organiza los programas de educación no reglados desarrollados en los Centros de Educación de Personas Adultas y otros centros educativos con enseñanzas para personas adultas dependientes de la Consejería de Educación. 

En este contexto normativo, se considera prioritario, con el fin precisamente de adaptarse a lo que necesita y demanda la población adulta y de acuerdo a las funciones que encomienda la Consejería de Educación a los centros: una formación básica que facilite la integración de las personas inmigrantes; una preparación para el acceso a los ciclos formativos de Formación Profesional y/o la universidad para mayores de 25 años; una formación básica en idiomas e informática; y, a través de diversos programas específicos, una formación que esté encaminada a la adquisición de competencias, la mejora en la capacitación profesional o el desarrollo personal y social.  

Estos aprendizajes no formales, que forman parte de las enseñanzas incorporadas a los CEPA, encuentran en esta orden la referencia normativa el marco que regula el catálogo de la oferta; el procedimiento para su aprobación y seguimiento por parte de la Consejería de Educación; la evaluación y la certificación del alumnado; la colaboración con otras administraciones, instituciones y entidades; junto con la flexibilidad de los programas en la oferta de cada centro educativo, en relación con las necesidades detectadas y –no hay que olvidarlo- con los recursos de profesorado disponibles.

Se abre paso a la consideración –a nivel institucional y también de centro- del papel que pueden jugar los CEPA en el campo de la educación no formal, en su comunidad y entorno.

Así, el CEPA Caligrama –situado en un barrio marcado por la multiculturalidad y una ciudad en progresivo envejecimiento-, se plantea cómo aportar recursos educativos de contenido y calidad, a través de programas de aprendizaje no formal, a dos retos abiertos a nivel local y general. Por un lado, el envejecimiento activo; por otro, la integración social de población inmigrante en riesgo de exclusión social. Su propuesta pone el acento en las siguientes competencias clave: 

  • Comunicación en lengua materna
  • Comunicación en lengua extranjera
  • Competencia social y ciudadana
  • Conciencia y expresión cultural

 

Algunos datos del alumnado de este CEPA pueden resultar ya significativos de partida. Incluso, podrían extrapolarse para reflejar la realidad que está impregnado cada vez más el día a día de los CEPA, al menos en Cantabria.

De entre alrededor de 1300 alumnos matriculados en el CEPA Caligrama el curso pasado: hay casi tres veces más mujeres que hombres; prácticamente una tercera parte, son extranjeros (de hasta 38 nacionalidades diferentes); en edad, el alumnado de entre 46 y 65 años dobla ya al que tiene entre 18 y 45 años. Y la balanza de su matrícula se inclina en los últimos años de forma cada vez más clara hacia los programas de educación no formal. 

Otros datos más globales reflejan tendencias a tener en cuenta con perspectiva de corto y medio plazo: mayor esperanza de vida;  aumento del número de hogares unipersonales y más tiempo de ocio en poblaciones progresivamente envejecidas. Esa situación plantea, sin duda, desafíos a nivel social, económico y sanitario. Pero también desde el punto de vista de la educación de personas adultas, en términos de envejecimiento activo, para contribuir a  “añadir vida a los años, no solo años a la vida”.

La experiencia del CEPA Caligrama y de otros centros de educación de personas adultas plantea algunos elementos para la reflexión y valoración en varias direcciones: el papel de los CEPA en la oferta de educación no formal, en un espacio compartido con diversas entidades e instituciones (ayuntamientos, Universidad para mayores, asociaciones sin ánimo de lucro…); el reconocimiento y la validación de aprendizajes no formales; la integración e interrelación de educación formal, no formal e informal; las puertas que pueden abrirse por esta vía a la innovación educativa; la importancia de la formación específica del profesorado en educación de adultos; el impacto de la educación no formal, tanto en entornos urbanos, como en entornos rurales … 

 

 

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