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EPALE entrevista a James Fox, fundador del Proyecto Prisión Yoga (Prison Yoga)

Cuando James Fox comenzó a practicar yoga, nunca se imaginó que terminaría formando a miles de instructores de yoga para que trabajasen en cárceles de todo el mundo. En esta entrevista, relata a EPALE cómo consiguió convencer a reclusos de algunos de los penales más conflictivos de Estados Unidos de los beneficios del yoga y cómo ha exportado el proyecto a cárceles europeas.

Cuando James Fox comenzó a practicar yoga, nunca se imaginó que terminaría formando a miles de instructores de yoga para que trabajasen en cárceles de todo el mundo. En esta entrevista, relata a EPALE cómo consiguió convencer a reclusos de algunos de los penales más conflictivos de Estados Unidos de los beneficios del yoga y cómo ha exportado el proyecto a cárceles europeas.

 

James Fox, fundador del proyecto Prison Yoga. Foto: Robert Sturman

 

¿Puede hablarnos acerca de usted y de su trayectoria?

Dirijo el proyecto Prison Yoga en cárceles de Estados Unidos. En mi caso, por decirlo de algún modo, el yoga fue como un despertar gradual. Estudié relaciones internacionales y después trabajé en el sector vinícola y cervecero de California. El siguiente paso fue dejar ese negocio por el de los suplementos nutricionales. Durante esa época, me convertí en un estudiante apasionado del yoga y la conciencia plena (mindfulness).

Mi deseo de ayudar a los demás era cada vez mayor. No sabía muy bien cómo enfocarlo, pero algo en mi interior me impulsaba a devolver una parte de todo lo que había recibido. Sentía que había tenido mucha suerte en la vida, crecí en un entorno favorable, pero me crié en la periferia de Chicago y la violencia y las adicciones estaban muy presentes en mi entorno. Cuanto más me adentraba en el yoga y la conciencia plena, me iba dando cuenta de lo beneficioso que podría ser para que las personas adquiriesen un conocimiento más profundo y de que podría evitarles una parte del sufrimiento que experimenta el hombre en su intento por ser hombre.

No dejaba de darle vueltas a este asunto de cómo ayudar a los demás y un día se me ocurrió que podría llevarlo a cabo a través del yoga. Ahora se ha convertido en una vocación que ocupa todo mi tiempo.

¿Cómo puso en marcha el proyecto Prison Yoga?

En 2002, había una organización sin ánimo de lucro que estaba poniendo en marcha un programa de rehabilitación en la cárcel de San Quentin [California] y me pidieron que realizase el programa de yoga y meditación. Y lo imparto desde hace ya trece años. Más tarde, hace unos cinco años, empecé a implantarlo en otras cárceles de Estados Unidos, ofreciendo formación especial para profesores de yoga interesados en esta labor. Imparto una sesión de formación al mes. También he escrito un libro a modo de introducción al yoga para los presos y lo he distribuido sin coste alguno entre los reclusos de Estados Unidos, con más de quince mil ejemplares enviados por todo el país.

Cuando comencé a dar clases en el año 2000 (aunque llevo practicando yoga desde 1987), empecé con gente joven. El punto de partida fue ese porque me interesaba llevar el yoga a personas que, de otro modo, no lo habrían conocido nunca. Por otra parte, me interesaba también resaltar los beneficios emocionales y psicológicos del yoga. Se presta mucha atención a la parte física, y eso está bien, pero la práctica del yoga genera muchísimos beneficios emocionales y psicológicos, sobre todo si se enfoca en esa dirección.

Foto: Robert Sturman

¿En qué consiste el proyecto?

Uno de los aspectos que abordo con respecto a la formación y la metodología es la forma de adaptar la práctica del yoga para tratar cuestiones relacionadas con experiencias traumáticas. Cuando puse en marcha el programa para la organización sin ánimo de lucro, esta última ya realizaba muchas actividades de rehabilitación de presos que comprendían la prevención de la violencia y la justicia reparadora.

El tipo de justicia que prevalece en todos nuestros sistemas equivale a castigo: si cometes un delito, se te castiga. La justicia reparadora se basa en la creencia de que cuando se comete un delito, se provoca un daño. El foco se sitúa en cómo abordar el daño y el trauma. Daño para la víctima y también para el perpetrador. El daño para el perpetrador requiere un trabajo muy serio, una labor interior muy profunda, para responder a la pregunta: «¿Cómo llegaste hasta el punto de hacer daño a alguien?».

Así pues, además del yoga, también di clases de justicia reparadora y al final se convirtió en una labor a tiempo completo. Más tarde, inicié el proyecto Prison Yoga sin ánimo de lucro.

Foto: Robert Sturman

 

¿Puede contarme a grandes rasgos cómo es la educación en las cárceles de Estados Unidos? ¿Cuáles son los principales retos a los que se enfrenta? ¿Y cree que estos retos solo se dan en Estados Unidos?

En Estados Unidos, existe un enorme vacío en lo que se refiere a la educación en las cárceles. Ahora se está debatiendo la reforma penitenciaria e incluso Obama la puso entre sus prioridades el año pasado (visitó una cárcel y un centro de internamiento de jóvenes). La reforma penitenciaria tiene dos frentes. Uno tiene que ver con la reforma de algunas de las leyes sobre sentencias, las penas mínimas obligatorias, y la otra, con un replanteamiento de la lucha contra el narcotráfico.

En este país tenemos una población reclusa de 2 250 000 personas, más de uno de cada cien adultos estadounidenses. En el centro de las reformas está la siguiente pregunta: «¿Qué se va a hacer por los reclusos para que no vuelvan a delinquir cuando se reincorporen a la sociedad?». Como todo está orientado al castigo, son muy pocos los programas que abordan las causas originales de la conducta delictiva.

Según mi experiencia, en Europa se presta mucha más atención a la terapia y a los derechos humanos de los presos que en Estados Unidos. Si te fijas en cualquier cárcel del país, comprobarás que hay muy pocos programas para los reclusos. Es posible que te encuentres con Alcohólicos Anónimos y programas inspirados en la fe religiosa, pero los programas terapéuticos de verdad —qué rasgos de tu conducta y qué hechos te han llevado a delinquir— son escasos y por fin se ha reconocido que es necesario dar una respuesta al problema.

 

En su opinión, ¿a qué se debe tanto interés por el yoga en las cárceles?

Entre otras cosas, la reforma penitenciaria debe centrarse en reducir la reincidencia. Y una de las formas de conseguirlo es proporcionando a los presos programas durante su estancia en prisión. Eso es lo que ocurre en San Quentin, que podría considerarse casi una prisión modelo en lo que respecta a la oferta de programas, porque en el área de la bahía de San Francisco vive tanta gente y es una zona con una actividad social tan intensa que, tradicionalmente, particulares y asociaciones se han dirigido a este centro para presentar sus iniciativas. Allí se imparten numerosos programas, de justicia reparadora, prevención de la violencia, inteligencia emocional, yoga y meditación, y están dando frutos. Esto está cambiando la cultura basada en el castigo, que es la parte más difícil, pero ahora hay una mayor apertura que hace quince años hacia los programas, y también una mayor apertura hacia el yoga.

«Pienso que el profesor ha lanzado un bote salvavidas a un montón de nadadores que creen que no van a conseguir llegar a la orilla porque no la atisban. El yoga es extraordinario». M.S.

Lo bueno del yoga es que no se necesita mucho espacio ni ningún material, se puede practicar en el mismo suelo. Se puede practicar incluso en la celda, pero es mucho mejor hacerlo en una clase porque crear una comunidad alternativa dentro de una cárcel genera un enorme valor.

Se trata de crear una comunidad de apoyo con una educación y un nivel de consciencia más elevados. El mayor obstáculo que presentan las cárceles de Estados Unidos es esa mentalidad, esa reticencia, por parte de las instituciones a probar cosas nuevas. La gente piensa, «¿Yoga? ¿En la cárcel? ¡Venga ya!». La mayoría de la gente que no sabe nada del yoga cree que es algo que hacen mujeres en gimnasios elegantes con música e incienso. No entienden que existe un amplio dominio dentro del yoga que tiene un componente terapéutico, en el que el yoga se adapta deliberadamente con fines terapéuticos.

Foto: Robert Sturman

¿Cómo empezó a implantar estos programas en otras cárceles donde la acogida podría no ser tan positiva?

Buena pregunta. Se hizo según la demanda. Me llamaba gente del mundo del yoga, por ejemplo, de Nueva York o de Washington DC, y me decían, «oye, que nos gustaría poner en marcha un programa como el tuyo aquí. ¿Cómo lo podríamos hacer?». Y yo les decía que lo primero que tenían que hacer era formarse. Es necesario comprender con claridad cómo adaptar el propio yoga y cómo desenvolverse en un entorno carcelario. También les prestaba ayuda para ponerse en contacto con cárceles desde donde se había manifestado interés en este programa. Se ha ido implantando poco a poco. En los últimos cinco años, he formado a más de mil doscientos profesores que están enseñando yoga en más de cien cárceles de Estados Unidos. Ahora, desde distintos centros se ponen en contacto con nosotros para decirnos que les desean iniciar un programa de yoga y saber si hay profesores en su zona.

¿Qué nos puede contar acerca de los programas que ha emprendido en Europa?

Empecé a viajar a Europa hace unos cinco años. Se puso en contacto conmigo un yogui de Oslo al que le había surgido la oportunidad de poner en marcha un programa penitenciario en Noruega y me preguntó si estaba dispuesto a ir allí para ayudarle con la formación de los profesores y a sacar adelante el proyecto. Y vaya si ha salido adelante, le está yendo muy bien. Se llama Gangster Yoga. También he impartido formación en Hamburgo; allí tengo una asociación afiliada que se llama Project Yoga y trabaja con gente joven.

«Ahora sé que soy alguien y que soy importante. Tengo el control de este cuerpo y de esta vida; soy capaz de mirar en lo más profundo de mí y obtener la ayuda que necesito para afrontar el día a día». M.L.

También he formado a profesores en Ámsterdam durante los dos últimos años. Allí tenemos un programa que está vinculado a otro programa que cuenta con el patrocinio de instituciones públicas y que está dirigido a trabajar con delincuentes. En los Países Bajos se ha creado un programa dirigido a los seiscientos mayores reincidentes del país y se proponen dar mucho apoyo a ese grupo de presos —asistencia sanitaria, orientación laboral, apoyo en forma de diversos programas— mientras se encuentran recluidos para ver si es posible reducir la tasa de reincidencia.

El principal promotor de esta iniciativa es el consistorio local de Ámsterdam, que es la ciudad donde se concentra el mayor número de delitos. Tuvimos la oportunidad de presentar a las autoridades un programa piloto de yoga. El programa piloto se llevó a cabo el año pasado y el segundo ciclo ya está aprobado. Ahora estamos con un ciclo de programas de trece semanas, con vistas a que se convierta en un programa permanente de trabajo con presos reincidentes.

Foto: Robert Sturman

Debe resultar muy reconfortante. ¿Qué beneficios le ha reportado esta labor?

Todos los profesores nos dicen que se sienten muy afortunados de poder realizar este trabajo. En realidad, una vez que superas todas las dificultades, la inmensa mayoría de los presos se muestran muy agradecidos y los profesores experimentan la recompensa de estar prestando un servicio así. Es una sensación que no dan ni el dinero ni la posición social. No es posible describirla con palabras.

¿Se requiere alguna característica especial para enseñar a reclusos?

Desde un punto de vista administrativo, la mayoría de las personas que se forman como profesores de yoga se caracterizan por estar libres de convencionalismos. No provienen de un verdadero entorno reglamentado, mientras que una cárcel es un sitio con unas imposiciones extraordinarias. Las cosas son como son y no hay variación posible. En Estados Unidos, existen normas acerca de las prendas que deben usar las visitas en las cárceles y del color de la ropa. Hay muchas reglas a las que las personas libres no están acostumbradas y eso choca sobre todo cuando introduces en este entorno a gente con un carácter independiente como son los profesores de yoga.

Tienes que establecer unos límites muy bien definidos y hay que estar emocional y psicológicamente preparado para entrar en una prisión a dar clases. Por todo ello, cuanto más madura sea la persona, mejor. De hecho, no recomiendo a personas que no tengan un determinado nivel de experiencia vital, sería irresponsable por mi parte. Suelo recomendar a profesores de cierta edad. Los mejores profesores son aquellos que han librado sus propias luchas personales.

Foto: Robert Sturman

¿Cuál es su consejo más importante para aquellas personas que trabajan en el sector de la educación en cárceles?

Lo que suelo decir es lo siguiente: implícate en tu trabajo personal. Esto significa que, si vas a emprender este camino, tienes que aplicarte el desarrollo personal a ti mismo. Entras en una cárcel en pie de igualdad. Cuando te comprometes a ayudar, te presentas ante las personas tal y como son en ese preciso momento. En concreto, si practicas una disciplina como el yoga, tienes que tomarte en serio tu propia práctica y eso te permitirá superar las dificultades que se puedan presentar.

¿Cómo ha sido la respuesta por parte de los presos?

Lo primero que sienten las personas que acuden a la clase es un alivio de su nivel de estrés. Algunos comentarios habituales son del tipo «fui a la clase y conseguí dormir bien por primera vez en muchísimo tiempo» o «tenía un dolor de espalda crónico y después de la tercera clase ha desaparecido». Y cuanto más tiempo pasan en el programa, mayor es su capacidad de autorrelajación. Aprenden a calmarse cuando se disgustan mediante prácticas de respiración y breves sesiones de meditación, y esos son los beneficios a largo plazo. Estas son las habilidades que se llevarán consigo cuando salgan a la calle y se tengan que enfrentar a otros problemas de la vida. También se han realizado más estudios para corroborar estos beneficios, lo que resulta útil a la hora de dirigirse a los centros penitenciarios, para aportarles una justificación científica de lo que queremos transmitir a los presos.

Foto: Robert Sturman

¿Se le ha quedado grabada en la cabeza alguna persona que haya participado en este proyecto?

Pues sí, muchas. Hace poco tuve a un chico de México. La mayoría de los hombres tienen cadenas perpetuas con posibilidad de libertad condicional; eso significa que la única vía que tienen de salir es que la junta de libertad condicional considere que están rehabilitados y pueden integrarse en la sociedad. Este chico llevaba en clase poco más de un año. Nunca antes había practicado yoga y en la quinta o la sexta clase se acercó a mí y me dijo: «No puedo creer lo que estoy consiguiendo con esta práctica». Cada semana nos decía algo distinto, que había estado meditando, que se sentía mucho más calmado y que cuando volviese a México iba a compartir su experiencia con la familia.

Es solo un ejemplo, pero hay muchísimos. Muchos estudiantes me dicen que, gracias al yoga, evitaron meterse en una pelea. Una pelea puede desatarse en cuestión de segundos, se acumula una enorme tensión. Muchos estudiantes dicen que el yoga les ayudó a apartarse y a vencer el impulso de reaccionar.

¿Qué depara el futuro al proyecto Prison Yoga?

Una de nuestras verdaderas prioridades es proporcionar material instructivo a los presos. Por ello, estamos confeccionando un CD de audio con prácticas de respiración y meditación consciente que vamos a sacar a principios del próximo año. También queremos tener presencia en más cárceles.

De todos modos, hay muchas posibilidades de aplicar mis métodos a personas que padecen diferentes tipos de traumas. Cuando estuve en los Países Bajos, se produjo una importante afluencia de inmigrantes al país y a toda Europa. Mi metodología consiste en adaptar el yoga basándose en la conciencia plena y orientándolo al trauma. Europa está recibiendo a cientos de miles de inmigrantes que han padecido traumas. Es una práctica sanitaria complementaria muy positiva que se podría aplicar a este grupo de población.

Foto: Robert Sturman

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