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"Diario de Cádiz" entrevista al pedagogo Francisco Poveda

21/05/2020
από NSS SPAIN
Γλώσσα: ES

Uno de los principales artífices de la alfabetización en Andalucía es Francisco Poveda (Salamanca, 1950), jubilado hace dos años como uno de los inspectores más respetados y queridos de Cádiz. Así lo ha reconocido la Consejería de Educación, que ha puesto su nombre en el Centro de Educación de Permanente de Puerto Real a petición del profesorado, del alumnado y del Ayuntamiento. Una forma de agradecer una increíble tarea.

En 1976 las cifras de analfabetismo en Andalucía eran aterradoras. Un 12% de la población era analfabeta total, no sabía ni leer ni escribir, y un 37% tenía un básico conocimiento de leer, escribir y calcular, pero no sabían rellenar una solicitud, entender un contrato... Esas cifras estaban muy por encima de cualquier otra región. 44 años después, no es tanto tiempo para esas cifras, se puede afirmar que el analfabetismo no existe prácticamente en Andalucía. 

Os dejamos un trocito de la entrevista que el Diario de Cádiz realizó a este pedagogo, quién hizo de la educación de adultos, su pasión. Pueden leerla completa en siguiente enlace: https://www.diariodecadiz.es/noticias-provincia-cadiz/alfabetizacion-revulsivo-emancipacion-mujer-andaluza_0_1437756556.html#click=https://t.co/KUQcNBI10v

¿Qué le llevó de Salamanca a Andalucía?

Estudiando en la Universidad de Salamanca descubrí un personaje que me fascinó, el pedagogo brasileño Paulo Freire. Hice mi tesis sobre él cuando en España no lo conocía prácticamente nadie. Creó un método de lectoescritura que consiguió que un amplio sector de la población en Hispanoamérica pudiera alfabetizarse.

Y quiso emularle.

Eso sería muy pretencioso de mi parte. Me interesaba el ámbito de la alfabetización y por la información que manejaba Andalucía podría ser un campo apropiado para intentar desarrollar el método de Freire por la sencilla razón de que los índices de analfabetismo eran muy superiores a otros lugares de España. Por entonces la Educación de Adultos se consideraba como una modalidad subsidiaria de la enseñanza básica, para quien no había podido asistir a la escuela en su infancia y se los trataba como a tales. A las personas adultas no les agrada que les traten como a niños. Así no podía funcionar con éxito. De acuerdo con los principios pedagógicos de Freire, educador y educando tienen que avanzar y aprender juntos. Pero en aquel tiempo la atribución de esas Escuelas de Adultos era la expedición del título de Certificado de Escolaridad y de Graduado Escolar.

¿Cuál fue su primer destino?

Me incorporé en 1975 al colegio Princesa Sofía de Jerez. Allí me encontré casualmente con una compañera que estaba leyendo un libro sobre Freire, y me sorprendió. Le pregunté cómo había llegado a sus manos y me presentó a dos profesores concienciados que se lo habían pasado. Decidimos iniciar una experiencia por nuestra cuenta y todas las tardes, a las siete, nos íbamos a una barriada rural, La Ina, donde no había ni agua corriente, ni calles asfaltadas. Allí comenzamos a alfabetizar en un antiguo gallinero que acondicionamos nosotros mismos y es allí donde comprobamos los efectos tan rápidos y relevantes de la aplicación de este método.

¿Cuándo se empieza a alfabetizar con un método y con los recursos debidos?

Desde el mismo traspaso de las competencias educativas, en 1982, el presidente Rafael Escuredo, en su primera declaración manifiesta que la Educación de Adultos tiene que ser uno de los programas estrella de la nueva Administración. Se analizaron y valoraron distintos programas desarrollados en una serie de países y con el apoyo de la Unesco, se decide optar por el método Freire.

Así llegaron a usted.

La verdad es que no recuerdo cómo. Tuve la fortuna de estar desde los inicios en la génesis. Reclamaron mi presencia en la Consejería de Educación y, junto con un equipo de técnicos, comenzamos a crear el diseño de un método que la Unesco, sólo cuatro años después, premiaría internacionalmente. La fecha no se me olvida. El 24 de enero de 1983 nos dispusimos a poner las bases para contribuir a mejorar la educación de las personas adultas desde un marco específico y diferenciado de la enseñanza escolar básica. Ese día fue el nacimiento oficial del Programa de Adultos.

¿Cuál fue el primer paso?

Tener alumnos. Para la tarea sabíamos que necesitábamos un profesorado específico y comprometido, pegado al terreno. No valía el funcionario que llegaba y le tocaba ahí porque había que conocer el modelo de lectoescritura y eso no se daba en las escuelas de Magisterio, del mismo modo que no se trataba sólo de que aprendieran el abecedario, sino de tener un componente de animación que los mantuviera en la escuela, que los atrajera. Ya había gente trabajando en esto, pero necesitábamos más y nos valían profesores en paro, equipos de parroquia. Lo fundamental era el compromiso.

¿Cómo consiguieron sus primeros alumnos?

Mayoritariamente debemos de hablar de alumnas. Parece que los varones estaban habituados a mantener otro tipo de relaciones personales y sociales, el bar, el fútbol... pero una mayoría de mujeres no había tenido la oportunidad de salir de su reducido entorno familiar, de poder asistir siquiera a un centro educativo. Se pusieron en marcha las campañas de captación con las que los profesores recorrían los barrios y pueblos en sus propios automóviles con altavoces o a viva voz, dando a conocer la existencia de centros e invitando a asistir a las clases. Recuerdo algunos eslóganes como “nunca es tarde para aprender” o “esta no es tu firma. Entonces había mucha gente que firmaba con la huella dactilar. Poco a poco comenzaron a llegar mujeres a los centros. Primero unas cuantas, después muchas. La mejor publicidad fue el boca a boca. A las cuatro de la tarde se veían desfilar grupos de mujeres con unas bolsas en las que sobresalían las dos agujas de hacer punto. No se atrevían a decir que iban a la escuela, sino que iban al corte, a hacer punto. No decían que iban a aprender a leer, pero fueron valientes porque descubrieron por ellas mismas otra manera de entender su existencia rutinaria y su propia vida.

Es que no era sólo leer y escribir.

Me atrevería a decir que el Programa de Educación de Adultos ha sido un revulsivo en el proceso de liberación de la mujer andaluza respecto a su pequeño mundo, el microcosmos en que se movían. Comienzan a relacionarse con otras personas con parecida situación, a socializarse, muchas de ellas a conseguir autonomía respecto de los maridos. Ese complejo proceso no fue sencillo. Muchas encontraron serias resistencias en su entorno familiar. Expresiones comentadas por ellas mismas como: “pero tú dónde vas a estas horas”, “a tu edad qué pintas en un colegio”...

La vinculación de la mujer a la educación de adultos llega a nuestros días.

Aún hoy es significativo ese sector de alumnas que por diversas razones tienen problemas, se han quedado solas, viudas. A este perfil de mujer, la mejor medicina que les receta el médico es apuntarse en la escuela de adultos. Antes querían escribir al hijo o al familiar que estaba lejos, y, con enorme mérito, aprendieron a leer y a expresarse por escrito. Ahora ha llegado la alfabetización informática y a ese hijo que se ha ido más lejos aún, incluso está en el extranjero, los pueden ver a través del ordenador porque se lo han enseñado en las clases de informática. Creo que es García Márquez quien afirma que “no es cierto que la gente deje de perseguir sueños a medida que cumple años, sino más bien que envejece porque deja de perseguir sus sueños”. Eso también es una importante tarea de esta Educación Permanente.

 

Ingelmo, P. (15 de febrero de 2020) “La alfabetización fue el revulsivo para la emancipación de la mujer andaluza”. Diario de Cádiz. 

 

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